Penitencia prohibida

Soy una chica muy gozadora de los placeres de la vida, pero desgraciadamente, muy pecadora. Me fascina irme de copas, follar a más no poder, tirando con todos los tíos, tías y grupos que me apetecen.

Son pocos los límites que respeto cuando estoy enrollada y flipando a todo dar. Esto no ocasionaría problema alguno si es que no fuese por la maldita culpa. Sí, después de mis excesos vienen a mi mente remordimientos. Para aliviar mi conciencia, habitualmente concurría a una sede religiosa y recibía ayuda espiritual y una penitencia que calmaban, poco a poco, el pesar que ocasionaba mi actuar licencioso.

Siempre he vivido en mi ciudad natal. Es una localidad relativamente pequeña en la que, en general, más o menos nos ubicamos todos. Tanto es lo que nos conocemos que, ante la escasez de vocaciones religiosas femeninas, a las chiquillas como yo los religiosos nos hacen pagar penitencias muy sui generis. Nos dan la absolución sólo si accedemos a que ellos puedan descargar con nosotras sus necesidades de índole sexual.

En un inicio yo era recelosa de esta práctica, pero el contingente de sacerdotes se renovó muy rápidamente y, hoy por hoy, los curitas de mi región son unos chicos jóvenes, en su mayoría muy guapos, buenos e insaciables en la cama.

El último fin de semana largo me fui de juerga desde que salí de mi trabajo hasta unas horas antes del día hábil siguiente. Y como suelo hacerlo, me excedí en la diversión. A media semana acudí a una parroquia nueva a cargo del padre Jovino. Un guapetón moreno, alto, de ojos claros y, según mis antecedentes, caliente como pocos. Desde hacía algún tiempo largo ya que algunas chicas conocidas habían transformado al cura Jovino en su confesor y ansiaban cumplir penitencias sexuales con él. Era un tipo adorable y muy comprensivo de las debilidades humanas.

Concurrí a la iglesia del padre Jovino con una faldita corta —más arriba de la medianía de mis muslos— y una camisa escotada por el busto y por la espalda (soy una chica acalorada). Apenas entré y él notó mi presencia, despachó a toda la feligresía que se encontraba allí en aquellos momentos, cerró la iglesia, fue al lugar discreto donde me parapeté para pasar inadvertida. Me tomó de una mano y me condujo hasta su piso. Nada más entrar y cerrar con llave la puerta del departamento, me abrazó efusivamente y me besó con pasión. Su lengua penetró mi boca y se dirigió rauda a la caza de mi lengua. Sus manos recorrieron mis curvas, amasaron mis tetas, acariciaron mi trasero y mi vulva con tal desenfreno y delirio, que no atiné a nada y lo dejé hacer a voluntad. Mal que mal, el padrecito se veía necesitado, hambriento de sexo y no tengo corazón para negar a una persona así una ración del alimento que precisa con urgencia.

Me fue sacando las escasas prendas de vestir que llevaba encima poco a poco. Primero desnudó mi torso y mamó, con ansias de recién nacido, mis firmes y altivos pechos. Mientras succionaba el pezón de un pecho, acariciaba dulcemente el otro con sus suaves manos. Yo no me preocupé, a esas alturas, de otra cosa más que de gozar y de saciar a aquel hombre desbordado de pasión. Me resultó imposible actuar de otro modo. Al fin y al cabo, las cuentas que debía pagar por mi superabundancia de goce pecaminoso eran grandes y mi amor al prójimo, también. Él lo sabía, o a lo menos, lo sospechaba o intuía, pues me conocía de chica. Conocía de mi inclinación por disfrutar a tope y de lo puta que me ponía con un par de copas y una buena compañía.

Sus manos escudriñaban toda mi espalda nuda en busca de cualquier zona erógena inexplorada. La suavidad de sus caricias y el deseo que trasuntaban me fueron poniendo a tono. Sentí cómo mi vagina se anegaba con mis jugos íntimos y cómo mi garganta empezaba a lanzar gemidos y grititos que infundían más pasión en mi amante.

Me alzó en sus fuertes brazos y me llevó a su alcoba. Cerró la puerta y las cortinas y me colocó boca arriba sobre su inmaculada cama. Con delicadeza desabrochó mi falda y la deslizó por mis piernas hasta hacerla caer al suelo. Lo mismo hizo con mis diminutas braguitas ampapadas. Me abrió las piernas y encajó su cabeza en mi intimidad, saturada de jugos de lascivia y pasión.

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Comenzó a dar lengua al penecillo de mi hendidura vulvar. Aquel, agradecido como siempre a tan exquisitas zalamerías linguales, se irguió, hinchó y dejó querer. A esas alturas yo ya me encontraba fuera de mí y me comportaba como la más ramera de las meretrices. Gimoteaba fuertemente, suplicaba más y más con absoluto descaro, tal y como le gustaba a mi confesor.

Tras arrancarme varios orgasmos, aflojó un poco su deliciosa ofensiva. Se desvistió y despojó de todo signo religioso. Luego se encaramó a horcajadas sobre mi cuerpo. Colocó su erecto pene sobre los labios de mi boca. Poco a poco presionó aquellos labios e introdujo el glande de su encapuchado pene en mi boca. Como buena feligresa, recibí hospitalariamente a aquella anhelante polla con capucha. Me valí de mi lengua para despojar a aquel desaforado y ávido de placer huésped de su capuz y, seguidamente, le di un prolijo agasajo a base de lametones, chupadas y engullidas. Lo anterior lo encendió a tal punto que comenzó a dar sonoros resoplidos y follar mi boca con una fuerza tal que sus acometidas llegaban hasta el fin de mis hambrientas fauces. Se mantuvo bombeando hasta arrojar en mi garganta su ardiente licor espermático. Antes de tragarlo, lo impulsé a mi paladar y lo saboreé viciosamente.

Él se levantó con su verga a media asta —en señal de cansancio más que de rendición—, salió de la habitación y volvió con dos copas de frangelico, aquel maravilloso licor hecho a base de avellanas silvestres tostadas e inventado por el divino monje piamontés. Bebimos sorbo a sorbo tan exquisito brebaje hasta dejar la copa vacía. Repetimos aquel ritual con varias copas más.

Embriagada de calentura y alcohol, me arrojé a los brazos de mi amante, rodeando su cintura con mis piernas y su cuello, con mis manos. Mi sexo quedó rozando su mástil enhiesto y duro nuevamente. Mientras él friccionaba su pene por toda mi zona vulvar, haciéndome enloquecer de deseos de ser penetrada, yo le lanzaba palabras y frases soeces que lo ponían a mil.

En un momento dado, mi guía religioso se arrimó a la cama y yo, sujetándome de sus brazos, me descolgué de ese cuerpazo para apoyar mi espalda en la cama, levantar las piernas y alojar mis pies en sus hombros. Asi fue cómo mi coñito quedó a merced de la verga mercenaria de mi amante religioso.

Sin prisas, pero sin pausas, empezó a penetrar mi inundada vagina dilatada, carnosa, tibia y acogedora. Una vez toda adentro, comenzó con un acompasado, pero delirante bombeo. Sus arremetidas se turnaban entre unas largas y muy profundas y otras cortas y veloces. Yo, a semejanza de una puta barata y viciosa, le suplicaba que no detuviera su riquísimo mete y saca.

Él siguió y siguió su bombeo hasta eyacular dentro de mi. Descansamos unos minutos, bebimos más licor de avellanas y continuamos la sesión de desfogue. Me colocó como perrita, con mi culito empinado y azotó su polla contra mis nalgas repetidamente al tiempo que introducía sus dedos embadurnados con mis jugos íntimos en mi ano. Cuando este agujero se dilató suficientemente, tomó su polla con una mano y la enfocó a la entrada del citado orificio anal. Presionó con paciencia su inagotable pene. Poco a poco se abrió paso por mi recto hasta introducirlo íntegramente. Yo caliente como estaba, casi no sentí molestias. Por el contrario, lo apremiaba verbalmente para que iniciara pronto el consabido mete y saca.

Tal mete y saca lo realizó con una maestría tan grande que mi goce fue de una magnitud enorme. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, pero no me hacían claudicar, sino que apretar su polla con los músculos de mi recto para evitar que se corriera muy rápidamente. Pero tras algunos minutos gozados a tope, aquella maniobra dejó de surtir efecto y mi recto se transformó en un lago de caliente esperma. A punto de desfallecer, nos tumbamos boca arriba en el cómodo lecho.

Aún jadeante, Jovino rompió el mágico silencio para decir:

—Cada vez estás más buena, hermana mía.

Esa corta frase retrotrajo mi mente a los días de nuestra adolescencia. En éstos, cada vez que nuestros padres nos dejaban solos, nos poníamos a follar como enajenados mentales y al terminar, mi hermano Jovino siempre me halagaba diciendo que cada día estaba mejor. Follamos hasta cuando mi hermano Jovino terminó sus estudios de derecho y, embebido del ambiente religioso de su universidad, decidió ingresar al noviciado, primero, al seminario después y, finalmente, ordenarse sacerdote. Todo aquel tiempo mantuvo su celibato, hasta ahora.

No pudiendo soportar más las llamas de la pasión que lo consumían y que las pajas no lograban apagar, pues muchas mujeres de su feligresía se le insinuaban constantemente.

Para no seguir el proceder de sus colegas, me telefoneó hace un par de días. Con tono acuciante me rogó que lo socorriera como antaño, pero que sellara mis labios y mantuviese el secreto. Así lo he hecho desde entonces para su satisfacción y dicha mutua. Nadie intuye siquiera nuestro lazo de consanguinidad y yo, con todo gusto, cumplo con mi penitencia una o dos veces por semana, ocho o diez horas intensas por evento.

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