Penitencia prohibida

Soy una chica muy gozadora de los placeres de la vida, pero desgraciadamente, muy pecadora. Me fascina irme de copas, follar a más no poder, tirando con todos los tíos, tías y grupos que me apetecen.

Son pocos los límites que respeto cuando estoy enrollada y flipando a todo dar. Esto no ocasionaría problema alguno si es que no fuese por la maldita culpa. Sí, después de mis excesos vienen a mi mente remordimientos. Para aliviar mi conciencia, habitualmente concurría a una sede religiosa y recibía ayuda espiritual y una penitencia que calmaban, poco a poco, el pesar que ocasionaba mi actuar licencioso.

Siempre he vivido en mi ciudad natal. Es una localidad relativamente pequeña en la que, en general, más o menos nos ubicamos todos. Tanto es lo que nos conocemos que, ante la escasez de vocaciones religiosas femeninas, a las chiquillas como yo los religiosos nos hacen pagar penitencias muy sui generis. Nos dan la absolución sólo si accedemos a que ellos puedan descargar con nosotras sus necesidades de índole sexual.

En un inicio yo era recelosa de esta práctica, pero el contingente de sacerdotes se renovó muy rápidamente y, hoy por hoy, los curitas de mi región son unos chicos jóvenes, en su mayoría muy guapos, buenos e insaciables en la cama.

El último fin de semana largo me fui de juerga desde que salí de mi trabajo hasta unas horas antes del día hábil siguiente. Y como suelo hacerlo, me excedí en la diversión. A media semana acudí a una parroquia nueva a cargo del padre Jovino. Un guapetón moreno, alto, de ojos claros y, según mis antecedentes, caliente como pocos. Desde hacía algún tiempo largo ya que algunas chicas conocidas habían transformado al cura Jovino en su confesor y ansiaban cumplir penitencias sexuales con él. Era un tipo adorable y muy comprensivo de las debilidades humanas.

Concurrí a la iglesia del padre Jovino con una faldita corta —más arriba de la medianía de mis muslos— y una camisa escotada por el busto y por la espalda (soy una chica acalorada). Apenas entré y él notó mi presencia, despachó a toda la feligresía que se encontraba allí en aquellos momentos, cerró la iglesia, fue al lugar discreto donde me parapeté para pasar inadvertida. Me tomó de una mano y me condujo hasta su piso. Nada más entrar y cerrar con llave la puerta del departamento, me abrazó efusivamente y me besó con pasión. Su lengua penetró mi boca y se dirigió rauda a la caza de mi lengua. Sus manos recorrieron mis curvas, amasaron mis tetas, acariciaron mi trasero y mi vulva con tal desenfreno y delirio, que no atiné a nada y lo dejé hacer a voluntad. Mal que mal, el padrecito se veía necesitado, hambriento de sexo y no tengo corazón para negar a una persona así una ración del alimento que precisa con urgencia.

Me fue sacando las escasas prendas de vestir que llevaba encima poco a poco. Primero desnudó mi torso y mamó, con ansias de recién nacido, mis firmes y altivos pechos. Mientras succionaba el pezón de un pecho, acariciaba dulcemente el otro con sus suaves manos. Yo no me preocupé, a esas alturas, de otra cosa más que de gozar y de saciar a aquel hombre desbordado de pasión. Me resultó imposible actuar de otro modo. Al fin y al cabo, las cuentas que debía pagar por mi superabundancia de goce pecaminoso eran grandes y mi amor al prójimo, también. Él lo sabía, o a lo menos, lo sospechaba o intuía, pues me conocía de chica. Conocía de mi inclinación por disfrutar a tope y de lo puta que me ponía con un par de copas y una buena compañía.

Sus manos escudriñaban toda mi espalda nuda en busca de cualquier zona erógena inexplorada. La suavidad de sus caricias y el deseo que trasuntaban me fueron poniendo a tono. Sentí cómo mi vagina se anegaba con mis jugos íntimos y cómo mi garganta empezaba a lanzar gemidos y grititos que infundían más pasión en mi amante.

Me alzó en sus fuertes brazos y me llevó a su alcoba. Cerró la puerta y las cortinas y me colocó boca arriba sobre su inmaculada cama. Con delicadeza desabrochó mi falda y la deslizó por mis piernas hasta hacerla caer al suelo. Lo mismo hizo con mis diminutas braguitas ampapadas. Me abrió las piernas y encajó su cabeza en mi intimidad, saturada de jugos de lascivia y pasión.

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Comenzó a dar lengua al penecillo de mi hendidura vulvar. Aquel, agradecido como siempre a tan exquisitas zalamerías linguales, se irguió, hinchó y dejó querer. A esas alturas yo ya me encontraba fuera de mí y me comportaba como la más ramera de las meretrices. Gimoteaba fuertemente, suplicaba más y más con absoluto descaro, tal y como le gustaba a mi confesor.

Tras arrancarme varios orgasmos, aflojó un poco su deliciosa ofensiva. Se desvistió y despojó de todo signo religioso. Luego se encaramó a horcajadas sobre mi cuerpo. Colocó su erecto pene sobre los labios de mi boca. Poco a poco presionó aquellos labios e introdujo el glande de su encapuchado pene en mi boca. Como buena feligresa, recibí hospitalariamente a aquella anhelante polla con capucha. Me valí de mi lengua para despojar a aquel desaforado y ávido de placer huésped de su capuz y, seguidamente, le di un prolijo agasajo a base de lametones, chupadas y engullidas. Lo anterior lo encendió a tal punto que comenzó a dar sonoros resoplidos y follar mi boca con una fuerza tal que sus acometidas llegaban hasta el fin de mis hambrientas fauces. Se mantuvo bombeando hasta arrojar en mi garganta su ardiente licor espermático. Antes de tragarlo, lo impulsé a mi paladar y lo saboreé viciosamente.

Él se levantó con su verga a media asta —en señal de cansancio más que de rendición—, salió de la habitación y volvió con dos copas de frangelico, aquel maravilloso licor hecho a base de avellanas silvestres tostadas e inventado por el divino monje piamontés. Bebimos sorbo a sorbo tan exquisito brebaje hasta dejar la copa vacía. Repetimos aquel ritual con varias copas más.

Embriagada de calentura y alcohol, me arrojé a los brazos de mi amante, rodeando su cintura con mis piernas y su cuello, con mis manos. Mi sexo quedó rozando su mástil enhiesto y duro nuevamente. Mientras él friccionaba su pene por toda mi zona vulvar, haciéndome enloquecer de deseos de ser penetrada, yo le lanzaba palabras y frases soeces que lo ponían a mil.

En un momento dado, mi guía religioso se arrimó a la cama y yo, sujetándome de sus brazos, me descolgué de ese cuerpazo para apoyar mi espalda en la cama, levantar las piernas y alojar mis pies en sus hombros. Asi fue cómo mi coñito quedó a merced de la verga mercenaria de mi amante religioso.

Sin prisas, pero sin pausas, empezó a penetrar mi inundada vagina dilatada, carnosa, tibia y acogedora. Una vez toda adentro, comenzó con un acompasado, pero delirante bombeo. Sus arremetidas se turnaban entre unas largas y muy profundas y otras cortas y veloces. Yo, a semejanza de una puta barata y viciosa, le suplicaba que no detuviera su riquísimo mete y saca.

Él siguió y siguió su bombeo hasta eyacular dentro de mi. Descansamos unos minutos, bebimos más licor de avellanas y continuamos la sesión de desfogue. Me colocó como perrita, con mi culito empinado y azotó su polla contra mis nalgas repetidamente al tiempo que introducía sus dedos embadurnados con mis jugos íntimos en mi ano. Cuando este agujero se dilató suficientemente, tomó su polla con una mano y la enfocó a la entrada del citado orificio anal. Presionó con paciencia su inagotable pene. Poco a poco se abrió paso por mi recto hasta introducirlo íntegramente. Yo caliente como estaba, casi no sentí molestias. Por el contrario, lo apremiaba verbalmente para que iniciara pronto el consabido mete y saca.

Tal mete y saca lo realizó con una maestría tan grande que mi goce fue de una magnitud enorme. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, pero no me hacían claudicar, sino que apretar su polla con los músculos de mi recto para evitar que se corriera muy rápidamente. Pero tras algunos minutos gozados a tope, aquella maniobra dejó de surtir efecto y mi recto se transformó en un lago de caliente esperma. A punto de desfallecer, nos tumbamos boca arriba en el cómodo lecho.

Aún jadeante, Jovino rompió el mágico silencio para decir:

—Cada vez estás más buena, hermana mía.

Esa corta frase retrotrajo mi mente a los días de nuestra adolescencia. En éstos, cada vez que nuestros padres nos dejaban solos, nos poníamos a follar como enajenados mentales y al terminar, mi hermano Jovino siempre me halagaba diciendo que cada día estaba mejor. Follamos hasta cuando mi hermano Jovino terminó sus estudios de derecho y, embebido del ambiente religioso de su universidad, decidió ingresar al noviciado, primero, al seminario después y, finalmente, ordenarse sacerdote. Todo aquel tiempo mantuvo su celibato, hasta ahora.

No pudiendo soportar más las llamas de la pasión que lo consumían y que las pajas no lograban apagar, pues muchas mujeres de su feligresía se le insinuaban constantemente.

Para no seguir el proceder de sus colegas, me telefoneó hace un par de días. Con tono acuciante me rogó que lo socorriera como antaño, pero que sellara mis labios y mantuviese el secreto. Así lo he hecho desde entonces para su satisfacción y dicha mutua. Nadie intuye siquiera nuestro lazo de consanguinidad y yo, con todo gusto, cumplo con mi penitencia una o dos veces por semana, ocho o diez horas intensas por evento.

El Culo De Cecilia

La verdad es que, de culos, me gustan casi todos. Esos rotundos y carnosos que te están diciendo a gritos “cómeme, cómeme”, o esos pequeñitos y duritos, que casi te caben en la palma de la mano, o esos culos que tienen algunas mujeres negras, tan levantados y prominentes; culos negros, culos morenitos en los que no se nota ni la marca del tanga, culos grandes y blancos, como de nata, culos adolescentes tan tersos e inmaculados, culos desafiantes de potras en celo permanente, culos tan apretados que necesitarías una taladradora para penetrarlos, culos abiertos, que te enseñan indecentes su agujerito, lo ofrecen a tu lengua, a tus dedos, a tu verga; culos que marcan pantalones casi hasta hacerlos reventar, culos que se asoman insinuantes por debajo de cortísimas minifaldas, culos, culos… Hasta me gustan los culos caídos de las mujeres en su mediana edad, culos con historia, culos en los que puedes leer las pasiones secretas de sus poseedoras…

He de confesar, por otra parte, que pese a esta mi admiración por los culos, el mantener lo que se dice una “relación seria” con uno de ellos no me sucedió hasta hace unos meses con Cecilia.

Cecilia, es tía de mi esposa. Cecilia no es que sea un monumento, sino simplemente una chica normal, con su atractivo centrado más en su simpatía y en su inteligencia. Y en su culo, listo para acariciarlo, de tan ancho y redondo en la base, que se estrecha rápidamente. Sus tetas tampoco están nada mal, bastante gorditas y muy suaves, con unos pezoncitos pequeños que apuntan hacia los lados, cada uno en una dirección.

Entre Cecilia y yo, durante mucho tiempo, no pasó nada, no es que yo sea un caliente que vaya por ahí tirando a la primera que pasa y menos si es la tía de mi mujer.

Tuvimos una fiesta familiar que cambió la situación, mi mujer no pudo asistir por causa del trabajo y su esposo de Cecilia andaba de viaje en una convención, yo fui de mala gana a la fiesta, ya se pueden imaginar cómo era aquello de la fiesta: bailábamos, bebíamos en fin todo lo que se puede hacer en una fiesta. Por suerte, allí estaba Cecilia, durante la cena, un tipo gordo que se sentó al lado de Cecilia, y al que no conocíamos de nada, no paró de darle la paliza hablando y hablando y hablando… Si hubiera sido a mí, le hubiera dicho cuatro frescas al pesado aquel, para que se callase, pero ella es una persona muy educada y aguantó aquel torrente verbal con su mejor cara, lo que sí hicimos los dos, fue tomar y bailar bastante. Yo me animé bastante, la verdad, y ella más todavía.

Ya estábamos en el pastel y el pesado continuaba con su bla-bla-bla, intentando acaparar la atención de Cecilia. Ella estaba un poco vuelta hacia él, haciendo como si le escuchara, por lo que a mí me daba en parte la espalda y no le veía la cara. En un momento dado, harto ya, me entró el arrebato y decidí ponerle un poco de picante a la cosa. Sin pensármelo dos veces y olvidando definitivamente que Cecilia es tía de mi esposa, coloqué mi mano sobre su muslo, por debajo de la mesa, con el mayor disimulo que pude.

Con el corazón latiendo con fuerza, me quedé quieto, esperando su reacción, imaginaba que lo menos que haría sería darse la vuelta y mirarme con cara sorprendida. Pero no dijo nada, ni siquiera se dio por enterada. Viendo que no pasaba nada, muy lentamente, moviendo los dedos, empecé a subirle la falda, arrugándola bajo la palma de mi mano, hasta que las puntas de mis dedos notaron sus medias. En ese momento sí que me esperaba ya que se diera la vuelta y que me soltara un par de bofetadas, pero ella continuaba como si nada.

Acaricié su pierna muy despacio, con un ligero movimiento circular, sintiendo la suavidad de la seda hasta que, de repente, la media se terminó y noté su piel. Guau, pensé, seguro que lleva ligueros. Ahí sí que reaccionó Cecilia, también con disimulo, desplazó su mano para ponerla encima de la mía, con un apretón, me indicó clarísimamente que tenía que detener mi avance, así lo hice, retirándome, termino la fiesta, nos despedimos de los demás y nos levantamos con la intención de irnos. Yo estaba rojo como un tomate, pero ella no me dijo nada, ni siquiera me miró más allá de un momento. Fuimos juntos al guardarropa pero allí estaban unos familiares, me quedé un ratito charlando con ellos.

Cecilia, ya con su abrigo, se dirigió hacia la puerta y salió del salón de fiestas. Me deshice de aquellos inoportunos tan rápidamente como pude y después salí al exterior. No la veía por ninguna parte. El salón de banquetes donde habíamos estado está rodeado por unos jardines cerrados, allá al fondo, al final de un corto paseo, distinguía la reja que se abre a la calle. Pero de Cecilia, no veía ni rastro.

Camine, preguntándome dónde se habría metido porque, si no es que hubiese echado a correr, era imposible que ya estuviera fuera. De pronto, la vi apoyada en un árbol, semi escondida en la penumbra. Me acerqué a ella, dispuesto a pedirle disculpas por lo que había pasado, pero ella no me dejó ni hablar. Me cogió fuerte, me abrazó y con sus labios cerró los míos.

“¡Cuánto has tardado en decidirte!”.

Me dijo por fin, cuando nos separamos de aquel primer beso, jadeando por la falta de respiración. Aunque todo aquello lo hubiese iniciado yo, me sentía mareado y confuso y no podía creerme lo que estaba pasando: la sorpresa había sido total. Pero ella no vaciló, ya que me empujó más adentro de la espesura, donde nadie nos viese, y volvió a apretarse a mi, sus manos rodeándome el cuerpo, su boca en la mía, besando, en mi cuello, lamiendo, sus uñas en mi espalda. Un impulso loco me llevó a mí también a pegarme a ella más aún, abrazarla…

Mis manos se llenaron con sus nalgas, las apretaron, las masajearon por encima de la falda, hasta que, rápidamente se la subí y pude sentir su suavidad.

Efectivamente, llevaba liguero y una finísima tanga, y mis dedos se enredaron en las cintas de tela buscando su piel, su vello, pude sentir la calidez de la raja de su culo, con la punta de mi dedo medio, la humedad de su sexo. El mío estaba ya muy caliente, refregándose por su vientre. Ella lo notó y metió su mano por mis pantalones hasta capturarlo. Me lo acarició mientras yo seguía jugando con mis dedos en su trasero, pellizcando, frotando. Todas mis fantasía se estaban haciendo realidad y la verdad es que, en aquel momento, me olvidé completamente de mi mujer, que podría haber estado en otro planeta. Me desabrochó el pantalón y mi verga escapó ávida hacia el exterior, pegándose aún más a su cuerpo, por sobre de su falda. Me desabrochó parcialmente la camisa, algún botón saltó por los aires y entonces fue ella la que pasó sus manos por mi espalda y exploró mi culo, me lo abrió firmemente con las dos manos, me introdujo un dedo en el ano mientras me mordía un pezón.

Fue sentir aquella cosa dentro de mí y el tener la verga súper sensible refregándose en el suave tejido de su falda, que exploté en un orgasmo que le llenó la ropa de leche, manchando su falda, su blusa. Me quedé temblando, recostado sobre ella, aplastándola contra el árbol. Poco a poco me deslicé hacia bajo, mordiéndole los pechos, notando el olor y la humedad de mi corrida en su ropa. Casi arrodillado, le levanté la falda todo lo que pude y acerqué mi boca hacia su sexo, con la intención de comérmelo.

Ella apretaba fuerte mi cabeza contra su entrepierna, jadeando al sentir mi lengua explorando por entre el tanga, buscando, lamiendo… sus labios, su clítoris, metí un dedo en su vagina, retorciéndolo suavemente, sin dejar de chupar, con ritmo, con pasión, hasta que ella también se corrió, su humedad bajó por sus muslos empapando mi cara, mi barbilla, mi cuello…

No habíamos tenido bastante. La pasión contenida durante tanto tiempo y desatada de aquella manera tan fortuita nos había nublado la mente. Sólo pensábamos en follar y nos decidimos a ir a un hotel. Muy cerca había uno, desde donde estábamos veíamos sus luces. Riéndonos, tocándonos, parándonos para besarnos y magrearnos, nos dirigimos allí y pillamos una habitación. El recepcionista era todo un profesional, y no dijo nada al ver nuestra ropa arrugada, manchada por la hierba, los lamparones en la falda de Carmen. Eso sí, nos cobró por adelantado.

Ya instalados en la habitación, otra vez pegados nuestros cuerpos, allí en pié, sin ni siquiera habernos quitado la ropa. Le dije que lo sentía, que no sabía lo que me había pasado, suponía que todo el vino que habíamos bebido y la excitación de esa aventura tan extrañamente iniciada… Cecilia me miró y me mandó callar, diciéndome que después ya habría tiempo más que de sobra para analizar lo que estaba pasando. Me quitó la corbata, me desabrochó el cinturón y me quitó la camisa y los pantalones, todo sin dejar que yo le tocara su ropa. Se veía claramente que ella quería controlar la situación…cosa que a mí me encanta.

Me hizo arrodillar allí mismo y, acercando su vientre a mi boca, mis manos corrieron a sus muslos, que se abrieron permisivos, y pude tocar la humedad de su sexo con las puntas de mis dedos. Desabroché la falda, que cayó abierta a mis rodillas y contemplé a placer la imponente figura de Cecilia, con sus medias, sus ligueros y su tanga absolutamente mojado.

Ella misma apartó la fina tela y cogiéndome como antes por la cabeza, condujo mi boca a su entrepierna, que lamí y chupeteé escuchando sus gemidos. No quiso terminar. Suavemente y cogiéndome de la mano, me condujo hacia la cama y me obligó a tenderme boca arriba Yo me quedé fascinado viendo la figura que se erguía sobre mí, aún con sus medias y su liguero pero ya sin nada más. Sus pechos se bamboleaban, gordos y carnosos, por encima de mis ojos, con esos pezoncitos tan graciosos que ya he descrito, apuntando cada uno en una dirección. Me incorporé un poco y se los mordisqueé, notando cómo se alargaban y se ponían duros entre mis dientes.

Cuando se cansó de que le trabajara las tetas me empujó de nuevo a mi posición tendida y, sin saber de dónde lo había sacado, me puso un preservativo con una gran agilidad, empuñando mi miembro con su mano izquierda y deslizando la goma suavemente con la otra. Hecho esto, sin soltarme la verga, se abrió su sexo y se sentó sobre mí, absorbiéndola completamente hasta el fondo con la primera metida, con un ímpetu que no le hubiera imaginado me cabalgó entre gritos y jadeos, hasta que se corrió y se derrumbó sobre mí, aplastándome la cara con sus pechos, que quedaron de nuevo a merced de mis labios. Ni qué decir tiene que yo me había ido ya a mitad de su cabalgada, aunque había podido mantener la erección hasta que ella se vino.

Cuando se recuperó un poco, me obligó a tenderme boca abajo y después me pidió que levantara las piernas, quedando un poco arrodillado y mostrándole mi culo. Aprovechó para quitarme el condón, que quedó sobre las sábanas, manchándolas con el esperma que se le escapaba.

“Veamos tu botoncito mágico”, me dijo, y abrió mis nalgas usando sus dos manos, como si fuera una sandia, para meter su lengua en mi culo, sentirla allí lamiendo fue suficiente para que me calentara como un bendito, cosa que me causó una gran sorpresa, ya que tanta potencia en mí mismo es bastante rara. La erección, sin embargo, aún se me puso más dura cuando noté cómo acariciaba mis huevos muy suavemente usando sus largas uñas, todo ello sin dejar de chuparme y de meterme la lengua todo lo que le permitía mi dilatación. Sus uñas llegaron a mi pene y lo recorrieron con suavidad, erizándome todos los vellos del cuerpo y consiguiendo que se pusiera duro como una roca. Lo masajeó bastante, pero sin permitir que yo me corriera: aunque me latía con fuerza y soltaba gotitas de líquido preseminal, lo único que la zorra de Cecilia pretendía era volverme loco.

Cuando pensó que ya estaba bastante preparado se arrodilló en la cama, a mi lado, y me dijo:

“Quiero que me en cules”.

Me pidió con una vocecita de esas que te parten el alma y mientras me miraba fijamente a los ojos, naturalmente, me dispuse a cumplir sus deseos, aprovechando que, con la verga que se me había puesto, podía taladrar lo que fuese. Ella, antes, me colocó otro preservativo, para pasar seguidamente a poner su culo en pompa, ofreciéndome una de las visiones más bellas que puede contemplar un mortal en todo el universo.

El gran culo de Cecilia, allí delante de mis ojos, abierto sugerentemente, con los pelitos de su coño y de su perineo enmarcando un ano sonrosado y suave, es algo que no se puede comparar con nada. Me lance a chupar y lamer como un condenado a muerte, metiendo primero la lengua y después un dedo y dos… todo alternándolo con frecuentes caricias a su coño y a su clítoris, que estaba grande y caliente por la cogida reciente. Su agujero se fue agrandando, dilatándose, permitiéndome ver las oscuridades de sus entrañas.

Por fin metí mi verga poco a poco, la fui metiendo por su culo. Ella gemía y se retorcía, aunque sus grititos quedaban ahogados por la almohada donde descansaba la cabeza. Presa de la excitación, le palmeé las nalgas y las corvas y le abrí los cachetes del culo para facilitar la entrada, hasta que llegué al fondo. Me quedé allí un momento, sintiendo palpitar mi verga en lugar tan estrecho y caliente, y después la saqué poco a poco.

La puntita del condón tenía una marca de mierda, la señal de haber tocado la meta, pero eso no me importó nada: al contrario, me excitó aún más y se la volví a meter, ahora mucho más rápido. Me apoyé sobre su espalda y mis manos viajaron de sus corvas, donde habían estado presionando para facilitar la maniobra de anclaje, hasta su sexo, primero, y a sus pezones, después, acariciando, frotando, pellizcando… Mi ritmo aumentó, contrarrestado por el movimiento de vaivén de su culo, y sus gritos de placer ascendieron en progresión geométrica, hasta que los dos nos corrimos, esta vez sí, al mismo tiempo, sofocados, cansado, sudorosos, nos dejamos caer sobre la cama con mi polla aún dentro de su amoroso agujero.

Mi pene iba empequeñeciéndose por momentos, supongo que para evitar que el condón le quedase dentro, Cecilia dio un tirón y lo expulsó. Yo me quedé pegado a su cuerpo mojado, sintiendo profundamente su olor de sexo, de hembra, el perfume de su cabello mezclado con el almizcle de la pasión, su respiración que se iba acompasando… Al rato, ya más tranquilos, me llegaron los remordimientos de conciencia ¿cómo había podido hacer esto con la tía de mi esposa? ¿Qué pasaría mañana? Cecilia me miraba por entre la mata de su pelo con unos ojos absolutamente inescrutables. Yo creo que me quería morir.

Sin embargo, lo que me dijo, siempre mirándome a los ojos, mientras apartaba indolente un mechón de su pelo que le cubría la cara, me dejó estupefacto:

“Pues la verdad, la cogida me ha gustado más así, pues ya tenia mucho tiempo que deseaba que me metieras tu verga, este será nuestro secreto, espero que no sea la ultima ves que me cojas, para la próxima te tendré una rica sorpresa”.

Nos vestimos y la fui a dejar a su casa, en el camino nos íbamos besando como recién casados, cuando llegue a mi casa mi esposa ya estaba ahí, me pregunto que como me había ido a lo que solamente le respondí que bien que venia muerto de cansancio, le di un beso y me quede dormido.

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Milenita, mi nena preciosa

Desde aquella vez en que Milenita y yo iniciamos casi sin pensarlo ni planearlo el juego sexual que desperté en ella su primera experiencia y en mi el insano deseo hacia mi pequeña, la relación de padre-hija cambio, ella sintiéndose culpable tal vez o en pecado se distanció un poco de mi, mientras ambos hacíamos como si nada hubiera pasado, pero sabíamos ambos que no era asi, luego de unos dias casi volvimos a la normalidad pues durante esos dias no paso nada que en algo se pareciera a lo que habíamos vivido aquella tarde.

Ella procuraba no quedarse a solas conmigo como hacia antes, era lógico pensar que temia que volviera a suceder lo de la aquella vez y aunque yo procuraba lo mismo, algo dentro de mi o deseaba cada vez mas, no desperdiciaba las oportunidades para mirarla y para hacer volar mi imaginación, era evidente que ya empezaba a desarrollarse como mujercita, aunque era delgadita mostraba unas nalguitas muy prometedoras y respingonas y eso aun contra mi razón me ponía la verga a cien, la miraba cada vez que se volteaba, cuando caminaba, procuraba en cada ocasión tratar de observar quizá un poco mas de lo normal, pero nuestra relación en menos de un mes volvió a ser la de antes, claro que no habíamos olvidado, pero los dos tratamos por nuestra propia cuenta de demostrarnos eso, mientras yo la deseaba cada vez mas, la miraba salir de la ducha sola envuelta en su toalla mientras se dirigía a su cuarto mientras yo echaba a volar mi imaginación y me calentaba a mas no poder, y de tanto pensar un dia se me ocurrió lo siguiente:

ya lo había pensado y esa vez me decidí a hacerlo y no iba a resultar complicado asi es que me metí en su cuarto simulando salir de casa, era un tarde también, lo hice porque vi que ella se había metido a la ducha y como ya lo había practicado antes me metí ya una vez dentro, debajo de su cama y me ubique de tal manera que quedaba perfectamente oculto para los ojos de ella, mientras yo desde esa oscuridad que me daba la cama la vería perfectamente aun no sabia como, pues lógicamente nunca la habia visto cambiarse, eran posiblemente las 3 y era lógico pensar que no haría falta encender la luz de su cuarto y aun si lo hiciera casi hubiera sido lo mismo.

Ya debajo de la cama un tanto nervioso inicie la espera mientras sacaba mi verga por un lado de mi short deportivo que llevaba, era común que a esas horas estuviera en tales condiciones debido al calor, ya la tenia dura y me la frotaba lentamente de solo imaginarla desnuda ante mis ojos, por fin la vería asi (conste que la vez anterior no pude ver casi nada, solo palpar) la puerta de su cuarto estaba entre cerrada y por alli apareció en 20 minutos quizas, como de costumbre sola envuelta en su toallita, el que cubria su cuerpo desde sus pechos hasta sus rodillas, entro y cerro la puerta tras de si echando el seguro, mientras tiritaba un poco se quito la toalla casi al filo de la cama por uno de sus costados pues el otro costado estaba pegado a la pared, la vi pero en un primer momento por lo cerca que estaba de la cama solo alcance a mirar un poco mas de sus rodillas, maldije mi mala suerte y como si leyera mis pensamientos mientras continuaba secándose se acerco a su tocador para admirarse en el espejo y fue alli que la vi en plenitud, de espaldas a mi, completamente desnuda mientras se secaba el cabello, pude admirar sus nalguitas, eran la gloria pequeñas pero en esas condiciones fueron las mas maravillosas del mundo, redonditos, muy duritos casi lo podia sentir mientras seguía frotándome la verga con mas ansiedad, se recostó un poco sobre el tocador para mirarse no se que en la cara y fue en esa posición que me mostró el mas bello de los espectáculos jamas vistos, ante mis ojos aparecieron sus labios vaginales apenas hinchados presionados por la estrechez de sus piernas, vi sus escaso y pequeños vellos castaños y aumenté mi movimiento con mi mano tratando de evitar delatarme y lo conseguía, se estuvo haciendo no se que en esa posición y yo se lo agradecí, parecía como si supiera que yo estaba alli debajo de su cama y estuviera regalándome la mejor de la vista de su culito.

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al poco rato se volvió erguida y ultimó su secado de cabello mientras colgaba su toalla en su lugar y me regalaba por unos segundos la visión de su cuerpo entero de frente, pude ver sus senitos muy pequeñitos aun completamente expuestos y su montañita incipiente de su entrepierna, casi exploté en ese momento pero me contuve anhelando poder ver un poco mas, regresaba a su tocador esta vez a buscar en uno de sus calzoncitos para ponérselo y la vi escogerlo, era uno todavía infantil y para ponérselo volvió a agacharse de espaldas a mi, no cabe duda que estaba con suerte, por escasos momentos vi nuevamente sus labios vaginales quizá esta vez un poco mas abiertos al querer ponerse el calzoncito y se lo fue subiendo poco a poco hasta que cubrió su desnudez en esa parte y acaso entonces la vi con mas ganas por lo sexi apenas cubierto por su trucita celeste que pensé por un segundo en que pasaría si saliera de donde estaba oculto y cometía esta vez si una gran locura, lo pensé solo un segundo y solo aceleré mi mano terminando sobre el piso de costado como estaba y mordiéndome los labios para no delatarme mientras disparaba chorros tremendos de leche sobre el piso, fue uno de los pajazos mas fenomenales de toda mi vida, mientras culminaba mi loca faena ella canturreaba algo y seguía completamente inocente con su vestir pausado.

Cubrió su senitos con sus formadores y luego eligió una de sus falditas preferidas y prosiguió su rutina mientras yo no dejaba de admirarla, mi verga seguía dura a pesar de la copiosa explosión y yo seguía frotándomela pero no hubo mayor aliciente como para terminar por segunda vez puesto que al poco rato terminó de vestirse y salió del cuarto y yo empezaba a idear como salir o calcular el momento para salir de su cuarto, no era raro que yo entrará a su cuarto por alguna razón, no había tanta restricción al respecto salvo cuando Milenita se cambiaba ni aun cuando dormía, pues lo hacia con la puerta solo entreabierta por el calor y porque supuestamente no había nada que temer.

Había iniciado desde esa otra ves, mi insana relación oculta con mi nena, me pajeaba algunas veces mientras olía su calzoncito recién cambiado que olía divino, pues tenia olor a su coñito dulce y agrio y su anito pequeñito que anhelaba comerme con quizás mas ansia todavía, mi baño era mi escondite y me hice un tanto adicto a eso, mi esposa mitigaba mis ganas en la cama y ella ignora aún el porque de mi aumento de sexualidad en la cama pero esta feliz pues hacemos lo que tenemos acostumbrado con mas frecuencia mientras yo alguna vez la he poseído imaginándome a Milenita llegando así a tener unos orgasmos fabulosos.

Empece a desear un día, que Milenita nos descubriera culeando a su madre y a mi, lo pense muchas veces, hasta que lo planeé de tal modo que mi esposa no se lo imaginó siquiera y se que Milenita en el fondo se quedó con esa duda de si todo lo planeé yo o fue un accidente o coincidencia.

Esa es otra historia que desde luego se los contaré en otra oportunidad.